Cristiano Ronaldo, Benzema, Neymar, Mané, Mahrez, Kanté, Firmino, Milinkovic-Savic, Brozovic, Koulibaly, Neves, Mendy, Henderson, Fabinho, Bono.
En las últimas semanas, se ha ampliado la lista de nombres de jugadores consagrados en Europa que han decidido marcharse a tierras árabes. Más precisamente a la liga de Arabia Saudita que, gracias a una inyección de dinero proveniente del mismísimo estado, ha decidido jerarquizar su torneo para que rivalice (al menos en la teoría) con los mejores del mundo.
Pero no ha sido hasta los últimos días que las ligas más importantes de Europa han puesto el grito en el cielo, expresando preocupación por esta «desigualdad» económica.
¿El disparador? La contratación del español Gabri Veiga (jugador de 21 años, surgido de las inferiores del Celta de Vigo) por parte del Al Ahli árabe. Veiga estaba (o está) llamado a ser una de las futuras estrellas de Europa y había estado muy cerca de pasar al Napoli italiano.
¿Cuál sería el motivo de este exótico cambio de aires? El económico, claro. El juvenil cobraba en Celta poco más de 500.000 euros por temporada. La oferta de Napoli para Veiga era de algo más de dos millones de euros en su bolsillo por año. La del Al Ahli es de 12,5 millones de euros por temporada. Una exorbitante suma que marearía a cualquiera y que ayudó al español a decidir el sumarse a la lista y volar a Medio Oriente.
Una decisión que cayó mal en España. Si hasta Tony Kross la calificó como «vergonzosa».
Sin embargo, el objeto de esta nota no es opinar sobre sus razones. Aquí no se pretende analizar ni juzgar dichas decisiones de los futbolistas, sino apuntar hacia la hipocresía del mercado europeo.
Porque ¿todo esto es muy distinto a lo que usted, hincha del futbol argentino, siente cada vez que algún ignoto equipo europeo viene a comprar al mejor proyecto de su equipo por unas cuantas monedas? Porque en este momento cualquier oferta marea, representantes presionan, los jugadores se plantan y los clubes quedan, en muchos casos, atados de pies y manos y deben desprenderse de ellos a regañadientes, por montos inferiores a los que pretenderían.
¡O peor aún! Como cuando tientan a la familia de una joven promesa para que lo saque del club que lo formó desde chico, patria potestad mediante, ofreciendo contratos millonarios y departamentos en Madrid o Roma. Casos como el de Benjamín Garré o Matías Soulé, por ejemplo.
Y allí dirán que no es lo mismo, que ellos son La Meca del futbol mundial y que ellos tienen derecho porque siempre ha sido así. Hasta pedirán que se pongan en su lugar como hinchas.
¿Pero algún europeo se puso en la piel de algún hincha de Estudiantes o Vélez viendo cómo, con menos de 30 partidos jugados en Primera, Darío Sarmiento o Máximo Perrone se marcharon vendidos al Manchester City para sumar solo un puñado de minutos de juego en un año y terminar cedidos en Girona y City Torque uno, o en Las Palmas español el otro?
Ahora resulta que ofrecer mejores contratos y más dinero va contra las normas del futbol. Curioso. Porque esa ha sido su modus operandi para nutrirse de lo mejor de estas tierras. Y el jugador, más allá de que la gloria deportiva siempre sea un objetivo, muchas veces termina decantándose por la mejor opción económica.
Porque, por estos lados, en las décadas del 40 o 50, los jugadores que se marchaban a Colombia (cuya liga aún era amateur en esos momentos) buscaron un mejor pasar económico, al igual que lo hacían los primeros en emigrar hacia Europa, algunos años más tarde. No porque conocieran la grandeza del Real Madrid, Barcelona, Milan o Manchester United, sino por lo mismo que Veiga, Mané o quien sea que ahora decide probar suerte en la opulencia del reino árabe, siempre apoyado en sus petrodólares.
Mismos petrodólares que la misma Europa permitió penetrar en el seno de su futbol, con inyecciones de dinero provenientes de Qatar o de la misma Arabia que ahora pretenden combatir.
En síntesis, a Europa le están haciendo lo que ellos siempre hicieron por estos lados. Pero ahora está mal. Porque se lo hacen a ellos.
Y llorarán desigualdad, llorisquearán regulaciones y patalearán ante la FIFA para que haga algo, para que frenen estas prácticas: llevarse cuanto quieran sin dar demasiado a cambio. Mismas prácticas que ellos han usado en las últimas décadas de este lado del océano desde la aplicación de la Ley Bosman.
Y si nos ponemos puntillosos con la historia, mismas que han utilizado desde el «descubrimiento» de estas tierras allá por el 1400.
El eurocentrismo, en su estado más puro.