Los jugadores de Estudiantes de La Plata habían decidido guardar bajo estricta reserva cómo cumplirían con la exigencia de la AFA: realizar el pasillo para recibir a Rosario Central, recientemente reconocido como campeón de la Liga 2025.
Desde su llegada al estadio, ante las consultas de los presentes, apenas respondieron: “No podemos hablar”. Pero no revelaron nada más. El hermetismo fue total.
Estudiantes luego lo comunicó oficialmente: sí, iba a hacer el pasillo, pero sin adelantar de qué manera. Incluso la vicepresidenta de Central, Carolina Cristinziano —pareja del presidente Gonzalo Belloso— se acercó para confirmar que el Pincha cumpliría con el protocolo. Una vez que obtuvo el “sí”, se retiró tranquila, sin imaginar lo que vendría.
Delegados de la Liga Profesional, periodistas, autoridades… todos confiaban en que el recibimiento sería tradicional. Informaron a sus superiores, a las transmisiones oficiales, y aguardaban el momento. No había señales de que algo fuera a romper el guion.
Pero cuando los futbolistas de Estudiantes se ordenaron en fila frente al túnel, muchos pensaron: “Listo, será un pasillo normal”. Solo fue un amague.
Apenas Ángel Di María apareció para tomar la pelota, llegó la orden: girar. Y ahí explotó todo. El Pincha realizó el pasillo de espaldas, desatando una escena que sorprendió a todos y cargó de tensión el inicio del partido.
El plan fue ejecutado con tal precisión que varios presentes cayeron en el amague inicial. La desconexión entre lo esperado y lo que realmente ocurrió aumentó el impacto. Y el clima caliente se mantuvo durante gran parte del encuentro.
Sin embargo, hubo una única pista, imperceptible para la mayoría: en el túnel, jugadores de Estudiantes se quedaron saludando a sus rivales, acercándose más de lo habitual y murmurando al oído. Fue entonces cuando avisaron —entre otros— a Lucas Alario, Ángel Di María, González Pirez y Jorge “Fatura” Broun que el gesto no era contra ellos, sino una postura institucional.
Incluso Broun pidió que le avisaran también a Alejo Véliz, el más molesto con la situación. Y así lo hicieron.
La maniobra, celebrada por los hinchas albirrojos y respetada por gran parte del fútbol argentino, fue una auténtica jugada de ajedrez: silenciosa, calculada y simbólica.
Aunque la dirigencia tuvo su influencia —Juan Sebastián Verón fue quien sugirió la idea del pasillo de espaldas—, la decisión final quedó en manos de los futbolistas, que ejecutaron el plan con absoluta convicción.