En un 28 de noviembre grabado para siempre, el equipo de Carlos Bianchi tocó la cima del planeta al vencer 2-1 al Real Madrid en Japón. Aquel triunfo no fue solo una final: fue un acto de fe, identidad y coraje que todavía late en el corazón del pueblo xeneize.
Todavía hay noches en las que cualquier hincha de Boca cierra los ojos y vuelve a ver esa imagen: el cielo oscuro de Tokio, la bruma sobre el césped, y once camisetas azul y oro plantadas frente al gigante europeo que venía a llevárselo todo. Era el Real Madrid de Figo, Roberto Carlos y Hierro; era —decían— el equipo imbatible. Pero Boca llegó con algo que no se compra: convicción.
El reloj marcaba apenas seis minutos cuando Martín Palermo, todavía en plena resurrección futbolística, convirtió lo imposible en cotidiano. Primero un pique letal para romper líneas; luego, un zurdazo que explotó en la red. Y casi sin dejar que el mundo acomodara la sorpresa, otro golpe: Palermo otra vez, esta vez de derecha, como si tuviera el destino tatuado en los botines. Boca ganaba 2-0, y en Argentina la madrugada ya no era madrugada: era una fiesta.

El descuento de Roberto Carlos no cambió la esencia de la historia. Lo que siguió fue un ejercicio de resiliencia, orden y alma. Bermúdez imponiendo respeto, Samuel siendo un muro, Traverso multiplicándose por todos. Y un arquero, Óscar Córdoba, que escribió una de esas actuaciones que se recuerdan con la voz quebrada.
A cada avance español le siguió una respuesta xeneize cargada de corazón. Boca jugó la final como la juega su gente en la tribuna: con el puño cerrado y el pecho abierto. Y así, minuto a minuto, se fue construyendo la hazaña.
Cuando el árbitro pitó el final, Bianchi levantó la vista al cielo y sonrió con esa calma de los elegidos. Los jugadores se abrazaron como si supieran que, desde ese instante, nada sería igual. Y tenían razón: ese 2-1 en Tokio convirtió a Boca en campeón del mundo y en leyenda.
Hoy, a un nuevo aniversario, el recuerdo no envejece. Cada repetición del gol, cada foto de la noche japonesa, cada frase de quienes estuvieron ahí vuelve a traer la misma sensación: que Boca no solo ganó una copa. Ese día, Boca conquistó una memoria eterna. Y en cada aniversario, vuelve a latir con la misma fuerza.